Lo era y no lo era. Al menos el perro estaba más ya tranquilo. La toalla había servido más que el incienso y las oraciones. Tan obvio, y a la vez tan inexplicable. Tapar nuestros reflejos era lo único que lo había calmado. Ahora estaba tranquilo, sobre la cama. Temblando y con ojos asustados, pero tranquilo al fin. A la tarde un amigo se lo llevó a pasear, y volví a destapar el espejo. No había nada fuera de lugar en él, era viejo, el marco redondeado era agradable al tacto y aunque aquí y allá tenía algún golpe o humedad, se conservaba bién. Qué le daba tanto miedo al perro? No me gustaba usar ese espejo, prefería el del pasillo, por ese maldito vaho que siempre le aparecía en el centro. Aunque no corriera el agua en la habitación siempre aparecía la dichosa mancha, por mucho que la limpiara. Puse la mano sobre ella, y después de haber tocado el marco caliente, ahora si noté la diferencia. El cristal estaba helado. Como si fuera una ventana. El tacto era gélido, tanto que dejar la pal...