El desierto
La yegua pacía tranquila, los relámpagos en la distancia apenas la inquietaban y de momento la arena no la molestaba demasiado. Se había acostumbrado ya a mordisquear las bulbosas flores que crecían en las rocas y hasta agradecía la brisa que se había levantado. El salar debía ser una sartén en un día de sol, pero bajo las nubes era incluso agradable. El pozo nos daría refugio durante la noche si el tiempo empeoraba, así que no teníamos nada mejor que hacer que pararnos a descansar. Me senté en el suelo apoyando la pared contra las rocas, saqué un poco de pan y queso de la mochila y me quedé observando el cubo. Se había quedado flotando a más o menos un metro de altura, girando lentamente sobre el mismo vértice y sin cambiar de posición. Por mucho que me moviera a un lado o a otro parecía que había decidido descansar también. No había visto todavía ninguna diferencia entre las caras, pero si se notaba diferencias de desgaste en las aristas. Pese a ser como de obsidian...