Paràsito

Le abrieron la cabeza rápido, que no fuera  consciente no significaba que no pudieran volver los temblores en cualquier momento. Tan pronto como acabó la sierra, empezaron a separar con cuidado el parietal. Bajo él, el cerebro aparecía seco, encogido, envuelto en una capa de moco amarillento.

 - aquí no hay nada que hacer

 - bueno, al menos encontrémoslo

La masa palpitante estaba debajo, entre los dos lóbulos. El hipotálamo palpitaba, si, pero su color rojo se había vuelto marrón, tenía la superficie arrugada y agrietada, como un tronco seco, o peor, podrido por dentro. Al darle la vuelta, lo vieron.

 - no había visto uno tan grande

 - vete a saber cuánto tiempo lleva ahí

Contaron hasta siete raices hundidas en el hipotálamo, el cerebelo y los lóbulos circundantes. La masa negra del cuerpo se resistia a separarse, al separarla cuidadosamente - sin cortarla, no querían que se reprodujera - vieron las bocas, parecidas a ventosas, que lo habían mantenido aferrado al cerebro, alimentándose Diós sabe cuánto tiempo.

Las última de las raíces, se hundía profundamente bajo el cerebelo.

 - la cortamos?

 - no, nos dirá por dónde entró

Aplicarón electrodos, y tanto la lengua como los labios empezaron a temblar y convulsionarse.

  - "no, no os lo llevéis, no" - el paciente al final hablaba, libre el hipótalamo, volvía a tener poco a poco consciencia del presente.

Pero lo ignoraron, acostumbrados ya al condicionamiento del parásito. Con cuidado, aplicaron corriente y al poco el tentáculo se soltó, como un largo látigo de un metro, que se había introducido poco a poco a través de los labios de forma furtiva y al final había atravesado garganta y  fosa nasal hasta hundirse  en el cerebro, y devorarlo.

 - lo tenemos

 - y ahora qué?

 - cerradlo, y esperar, tal vez dure unos días, tal vez sobreviva, ahora no podemos saberlo.

Más tarde, en el laboratorio, procedió a guardar la criatura en el interior de un contenedor lleno de suero. Las raices seguían buscando, al igual que las bocas, un lugar donde aferrarse. Aunque fuera un recuerdo parásito ya adulto, todavía podía introducirse en cualquier mente y emponzoñarla. Le bastaba con introducir una pequeña raíz, en cualquier parte sensible, los ojos, la boca, la nariz, incluso a través del delicado tacto de las manos, y a través de ahí abrirse paso de nuevo, hasta devorar la consciencia y dejar sólo espacio para sí mismo.

- Recuerdos parásitos. Dime, qué soñabas tú?

Y  lo guardó en la estantería, con los otros veinte que había extraído sólo en aquél mes. Todos parecidos, todos diferentes, todos despiadados.

- Cómo será el mío, cuando lo encuentren?

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